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Significado del arcano XVIII del Tarot: La Luna

Arcano 18. La Luna

La Luna -o el Crepúsculo- XVIII arcano mayor del  Tarot, según ciertos intérpre­tes, expresaría la enlodadura del espíritu en la materia ; la neurastenia, la tristeza, la soledad, las enfermedades ; el fanatismo, la falsedad, la falsa seguridad, las apariencias engañosas, la falsa ruta, el robo cometido por los allegados o servido­res, las promesas sin valor ; el trabajo, la conquista penosa de la verdad, la instrucción por el dolor o las ilu­siones, las decepciones, las trampas, el chan­taje y los extravíos . Este arcano completa las significaciones del Enamorado y, como esta lámina, corresponde en astrolo-gía a la sexta casa horoscópica. Añadamos que la Luna de un Tarot francés del comien­zo de siglo xviii, reproduce no dos perros ladrantes como en los juegos corrientes, sino una vaca, una cigüeña y una oveja; lo cual remi­te a la atribución tradicional de los animales domésticos a la sexta casa horoscópica.

Conviene sin embargo examinar esta lá­mina desde más cerca: la luna se nos presen­ta dividida en tres planos. Del disco lunar  azul, sobre el cual se dibuja un perfil en for­ma de medialuna, parten veintinueve rayos: siete azules, siete  blancos y, más peque­ños, quince rojos. Entre el cielo y la tierra hay ocho gotas azules, seis rojas y cinco amarillas que parecen ser aspiradas por la luna.

El suelo amarillo está accidentado y no tiene más que dos plantitas de tres hojas, mientras que, en el fondo del paisaje, a dere­cha e izquierda, se levantan dos torres alme­nadas con chaflanes que parecen estar una a cielo abierto y la otra cerrada. En el centro del paisaje, dos perros color carne (o un lobo y un perro) están enfrentados con las fauces abiertas pareciendo aullar, y se puede pensar que el de la derecha agarra una de las gotas azules.Por último, en el tercio más bajo de la lá­mina, en medio de un espejo de agua azul, rayado de negro, avanza un enorme cangrejo visto por el lomo, igualmente azul.

Estos tres planos bien distintos son los de los astros, la tierra y las aguas. La luna que los domina sólo ilumina por reflejo y aspira hacia ella todas las emanaciones de este mundo, tengan éstas el color del espíritu y la sangre, del alma y su potencia oculta o del oro triunfante de la materia. Los dos canes cerberos, guardianes y psicopompos, ladran a la luna y nos recuerdan que a través de toda la mitología griega han sido los anima­les consagrados a Artemis, cazadora lunar, y a Hécate tan poderosa en el cielo como en los infiernos, como lo sugieren las dos to­rres, límites de los dos mundos opuestos. Incluso el cangrejo ha sido asociado a menu­do a la luna por su marcha de delante para atrás, semejante a la del astro. Pero la luna se ha considerado siempre como mentirosa y no debemos quedamos en esas apariencias de orden cósmico, pues esta lámina tiene una significación más profunda y de orden psíquico. «La luna, dice Plutarco, es la mo­rada de los hombres buenos después de su muerte. Llevan allí una vida que no es ni di­vina, ni bienaventurada, pero sin embargo exenta de preocupación hasta su segunda muerte. Pues el hombre debe morir dos ve­ces». De esta forma la luna es la estancia de los humanos entre la desen­carnación y la segunda muerte, que prelu­diará el nuevo nacimiento.

Las almas, en forma de gotas, de tres colo­res diferentes, correspondiendo tal vez a tres grados de espiritualización, suben entonces hacia la luna y, si los perros las quieren asustar es para impedirles rebasar los límites prohibidos por donde se extraviaría la ima­ginación. El mundo de los reflejos y las apariencias, no es el de la realidad. Lo único presente en las aguas azules inundadas de claridad lunar es el cangrejo; recuerda al sig­no astrológico del Cáncer que tradicional­mente es el domicilio de la luna y favorece el retomo a sí mismo, el examen de concien­cia. Como el escarabajo egipcio devora lo que es transitorio y participa en la regenera­ción moral.En la vía de la iluminación mística adon­de nos conduce el arcano decimoséptimo (la Estrella), la luna aclara el camino, siempre peligroso, de la imaginación y de la magia, mientras que el sol (XIX) abre la vía regia de la razón y la objetividad.

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