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Significado del arcano XV del Tarot: El Diablo

Arcano 15. El Diablo

Entre la Templanza y la Torre herida por el rayo, el decimoquinto arcano mayor del Tarot invita a reflexionar sobre el diablo. Expresa la combinación de las fuer­zas y de los cuatro elementos de la naturale­za (agua, tierra, aire, fuego) en cuyo seno se desarrolla la existencia del hombre; el deseo de saciar sus pasiones a cualquier precio, la turbación, la sobreexcitación, el empleo de medios ilícitos, la debilidad que hace sitio a las influencias molestas . Este arcano representa en cierto modo el re­verso de la Emperatriz. En lugar del domi­nio de las fuerzas bien ordenadas, el diablo representa una regresión hacia el desorden, la división y la disolución, no solamente en el plano psíquico, sino también en los nive­les moral y metafísico» .

Erguido medio desnudo sobre una bola color carne, que se hunde hasta la mitad en un zócalo o en un yunque rojo de seis capas superpuestas, el diablo, cuyo hermafroditis­mo se ha señalado abundantemente, tiene alas azules, semejantes a las de un murciélago; sus calzas azules están sujetas a la cintu­ra por un cinturón rojo en forma de crecien­te bajo el ombligo; sus pies y sus manos tienen garras como patas de mono. La mano derecha está levantada; la izquierda, dirigida hacia el suelo, sostiene una espada blanca y desnuda y debemos advertir que su gesto es el inverso del que efectúa el Prestidigita­dor en busca de la Verdad. Sobre la cabeza lleva un extraño tocado amarillo hecho de medias lunas puestas frente a frente y de una cornamenta de ciervo con cinco pitones. A su pedestal están atados, por un cordón que pasa a través de un anillo fijo en el zócalo y va a anudarse en torno a su cuello, dos dia­blillos simétricos, enteramente desnudos, uno macho y otro hembra (a menos que ellos sean también andróginos), provistos cada uno de una larga cola que toca el suelo, con los pies en forma de garra, las manos es­condidas detrás de la espalda, la cabeza cu­bierta por un birrete rojo del que parten dos cornamentas de ciervos negros y dos sofla­mas o dos cuernos. El suelo es amarillo veteado de negro en su parte superior, pero bajo los pies de sendos diablillos el suelo es negro como aquel por donde la Muerte (arcano Xlll) pasa su guadaña.

Todo aquí evoca el domino del infierno, donde el hombre y el animal ya no están di­ferenciados. El diablo reina sobre las fuerzas ocultas y su parodia de Dios, «el mono de Dios», está allí para advertir de los peligros que corre quien quiere utilizar estas fuerzas por cuenta propia desviándolas de su fin.

El que aspire al saber escondido, al po­der oculto, debe permanecer en equilibrio como el Prestidigitador, o mantener en ja­que las tendencias opuestas del Abismo, como el héroe sobre su carro, adquirir la paz interior como el eremita, o difundir a la ma­nera altruista del Ahorcado, vencedor de sus propios deseos, los beneficios de la ciencia, de lo contrario cae víctima de las corrientes fluidas desordenadas que ha evocado o proyectado, pero que no ha sabido dominar. Ante lo oculto, es preciso renunciar a domi­nar, o resignarse a servir. Vencedor o venci­do, uno no trata de igual a igual con las fuerzas de la Nada. Pero ellas resultan indispensables para el equilibrio mismo de la naturaleza: sólo Lucifer, porta­dor de luz, puede convertirse en Príncipe de las Tinieblas, y cuando las láminas del Tarot están dispuestas en dos hileras, el octavo arcano domina el quinceavo, número im­par y triangular, agente dinámico y creador, para recordar que el propio diablo está sometido a la ley universal de la Justicia.

En el plano psicológico el diablo muestra la esclavitud que aguarda al que permanece ciegamente sometido al instinto, pero señala al mismo tiempo su importancia fundamen­tal: sin instinto no hay florecimiento huma­no completo y, para poder superar la caída de la Torre herida por el rayo , es preciso haber sido capaz de asumir sus fuerzas temibles de una manera dinámi­ca.

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