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Significado del arcano XIII del Tarot: La Muerte

Arcano 13. La Muerte

El simbolismo general de la muerte aparece igualmente en el decimotercer arca­no mayor del Tarot, que no tiene nom­bre, como si el número tuviese sentido su­ficiente por sí mismo o como si los autores de esta lámina hubiesen temido nombrarla. La cifra 13, efectivamente, cuya significa­ción maléfica, constante en la edad media cristiana, aparece ya en la antigüedad, sim­boliza el curso cíclico de la actividad hu­mana… el pasaje a otro estado, y en conse­cuencia, a la muerte.

La Muerte -o el Guadañador- expresa la evolución importante, el duelo, la transfor­mación de los seres y las cosas, el cambio, la fatalidad ineluctable,  la desilusión, la separación, el estoicismo o el desaliento y el pesimismo. Jean Vassel cons­tata que la Muerte constituye una cesura en la serie de las imá­genes taróticas y que seguidamente vienen los arcanos más elevados, de suerte que se puede hacer corresponder los 12 primeros a los pequeños misterios y los siguientes a los grandes misterios, pues es manifiesto que las láminas que siguen tienen un carácter más celestial que las precedentes. Como el Ju­glar, la Muerte corresponde en astrología a la primera casa horoscópica.

El esqueleto armado de una guadaña dibujado sobre esta lámina es suficientemen­te elocuente como para no tener necesidad de ser comentado. Enteramente color carne, y no oro, con un pie hundido en la tierra, tiene en la mano izquierda una guadaña de mango amarillo y hoja roja, color de fuego y sangre. Quizá sea para avisamos de que la muerte en cuestión no es la primera muerte individual, sino la destrucción que amenaza nuestra existencia espiritual si la iniciación no la salva de la aniquilación.

El suelo es negro; plantas azules y amari­llas crecen en él; bajo el pie del esqueleto hay una cabeza de mujer; cerca de la punta de la lámina hay una cabeza de hombre co­ronada; tres manos, un pie, dos huesos están diseminados aquí y allá. Las cabezas con­servan su expresión, como si hubiesen que­dado vivas. La de la derecha lleva una corona real, símbolo de la realeza de la inte­ligencia y el querer, que no abdican al morir. Los rasgos del rostro de la izquierda no han perdido nada su encanto femenino, pues las afecciones no mueren y el alma ama más allá de la tumba. Las manos que surgen de la tierra, prestas a la acción, anun­cian que la Obra no puede quedar interrum­pida y los pies… se ofrecen para hacer avan­zar las ideas en marcha… ¡nada cesa, todo continúa!.

La muerte tiene, en efecto, varias signifi­caciones. Liberadora de las penas y las preo­cupaciones, no es un fin en sí misma; abre el acceso al reino del espíritu, a la vida verda­dera: mors janua vitae (la muerte puerta de la vida). En sentido esotérico, simboliza el cambio profundo que sufre el hombre por efecto de la iniciación. El profano debe mo­rir para renacer a la vida superior que con­fiere la iniciación. Si no muere en su estado de imperfección, se le veda todo progreso iniciático . Asimismo, en alqui­mia, el sujeto que ha de constituir la materia de la piedra filosofal, encerrado en un reci­piente cerrado y privado de todo contacto exterior, debe morir y purificarse. Así la de­cimotercera lámina del Tarot simboliza la muerte en su sentido iniciático de renova­ción y de renacimiento. Después del Ahor­cado místico, completamente ofrecido y abandonado, que recupera fuerzas al contac­to con la tierra, la muerte nos recuerda que debemos ir aún más lejos y que ella es la condición misma del progreso y de la vi­da.

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