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Significado del arcano IV del Tarot: El Emperador

Arcano 4. El Emperador

Cuarto arcano del Tarot, la lámina del Emperador simboliza precisa­mente lo que representa: el imperio, el do­minio, el gobierno, el poder, el éxito, la supremacía de la inteligencia en el orden temporal y material

Cetro en mano, sentado sobre un trono color carne, el Emperador está vestido con túnica y calzas azules; pero lleva, sobre la túnica, una chaqueta roja, mientras que sus pies son blancos, como su barba y sus cabellos. Correspondiendo estrictamente a la lámina precedente, la de la Empera­triz, tiene, también él, un escudo de armas marcado con un águila, pero esta vez el águila está al pie de la lámina, reclinada contra el trono, con la cabeza y las alas vueltas en sentido contrario al del águila de la emperatriz, para asegurar el equilibrio de fuerzas por la oposición de los contrarios.

El Emperador es el primero de los personajes del Tarot con vestimenta roja sobre azul . Para él, la acción es el objetivo de la inteligencia y la Sabiduría no serviría de nada, si no se aliase a la Fuerza: por su unión, su energía penetra en el interior de este mundo, el cual soberanea él indiscuti­blemente. Otro símbolo de esta concentra­ción está en la posición de las piernas, cru­zadas, para defenderse contra las malas influencias y, al. mismo tiempo, para retener las fuerzas favorables.

Este cuarto arcano mayor, llamado también Piedra Cúbica, re­presenta el gobierno, la protección, el traba­jo constructivo e inteligente, la solidez, el consejo, la tradición, la autoridad o, en un sentido desfavorable, la oposición tenaz, el empecinamiento hostil, la tiranía, el absolu­tismo. Corresponde a la cuarta casa del ho­róscopo. Los triángulos que lleva sobre la cabeza simbolizan las dimensiones del espa­cio, es decir, una soberanía universal. El color rojo dominante evoca el fuego, la acti­vidad transformante y victoriosa,

En el plano psicológico, el Emperador in­vita a tomar posesión de sí mismo, a orde­nar todo en el sentido de la voluntad de poder. Una de sus manos sostiene el cetro, la otra está cerrada sobre su ceñidor: afirma así su autoridad y se muestra presto a defender­la. En una palabra, es el Demiurgo, quien construye al hombre, tanto como el mun­do.

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