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Arcano 9. El Ermitaño

El Enamorado de la sexta lámi­na, convertido en el conductor triunfal del Carro, se tropieza en primer lugar con la Justicia que le recuerda que un equilibrio riguroso es la propia ley del mundo y que no conviene para nada trastornarlo. Entonces, para resolver esta nueva ambivalencia, elige la vía que le propone el Ermitaño, noveno arcano mayor del Tarot.

Este viejo sabio, un poco encorvado, se apoya en un bas­tón que simboliza su largo peregrinaje y a la vez su arma contra la injusticia o el error que encuentra. Un largo manto azul, de do­bladillo amarillo, con capuchón rojo termi­nado en una bellota amarilla recubre su vestido rojo que tiene una gran mancha blanca. En la mano derecha, con una anilla blanca, sostiene a la altura de su rostro un farol de seis caras, de las que sólo tres son visibles: dos amarillas y una roja. Este  fa­rol, a buen seguro, hace pensar en el de Diógenes buscando en pleno mediodía a un hombre por las calles de Atenas y encon­trando sólo locos. Pero también simboliza, como la lámpara de Hermes Trismegisto, la luz velada de la sabiduría, la que el Eremita cubre con su manto azul de iniciado. La ilu­minación debe permanecer en lo interior y es inútil cegar o deslumbrar a aquel a quien no está destinada.

La vía del Sabio es la de la prudencia y el Eremita, maestro secreto, trabaja en lo invisible, para condicionar el porvenir en gestación. Apar­tado del mundo y de sus pasiones, es el filósofo hermético por excelencia y la forma ortográfica de su nombre, con una H, que aparece en el Tarot de Marsella, subraya de manera indiscutible sus vínculos simbólicos con Hermes, maestro todopoderoso de los puros iniciados.

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Arcano 13. La Muerte

El simbolismo general de la muerte aparece igualmente en el decimotercer arca­no mayor del Tarot, que no tiene nom­bre, como si el número tuviese sentido su­ficiente por sí mismo o como si los autores de esta lámina hubiesen temido nombrarla. La cifra 13, efectivamente, cuya significa­ción maléfica, constante en la edad media cristiana, aparece ya en la antigüedad, sim­boliza el curso cíclico de la actividad hu­mana… el pasaje a otro estado, y en conse­cuencia, a la muerte.

La Muerte -o el Guadañador- expresa la evolución importante, el duelo, la transfor­mación de los seres y las cosas, el cambio, la fatalidad ineluctable,  la desilusión, la separación, el estoicismo o el desaliento y el pesimismo. Jean Vassel cons­tata que la Muerte constituye una cesura en la serie de las imá­genes taróticas y que seguidamente vienen los arcanos más elevados, de suerte que se puede hacer corresponder los 12 primeros a los pequeños misterios y los siguientes a los grandes misterios, pues es manifiesto que las láminas que siguen tienen un carácter más celestial que las precedentes. Como el Ju­glar, la Muerte corresponde en astrología a la primera casa horoscópica.

El esqueleto armado de una guadaña dibujado sobre esta lámina es suficientemen­te elocuente como para no tener necesidad de ser comentado. Enteramente color carne, y no oro, con un pie hundido en la tierra, tiene en la mano izquierda una guadaña de mango amarillo y hoja roja, color de fuego y sangre. Quizá sea para avisamos de que la muerte en cuestión no es la primera muerte individual, sino la destrucción que amenaza nuestra existencia espiritual si la iniciación no la salva de la aniquilación.

El suelo es negro; plantas azules y amari­llas crecen en él; bajo el pie del esqueleto hay una cabeza de mujer; cerca de la punta de la lámina hay una cabeza de hombre co­ronada; tres manos, un pie, dos huesos están diseminados aquí y allá. Las cabezas con­servan su expresión, como si hubiesen que­dado vivas. La de la derecha lleva una corona real, símbolo de la realeza de la inte­ligencia y el querer, que no abdican al morir. Los rasgos del rostro de la izquierda no han perdido nada su encanto femenino, pues las afecciones no mueren y el alma ama más allá de la tumba. Las manos que surgen de la tierra, prestas a la acción, anun­cian que la Obra no puede quedar interrum­pida y los pies… se ofrecen para hacer avan­zar las ideas en marcha… ¡nada cesa, todo continúa!.

La muerte tiene, en efecto, varias signifi­caciones. Liberadora de las penas y las preo­cupaciones, no es un fin en sí misma; abre el acceso al reino del espíritu, a la vida verda­dera: mors janua vitae (la muerte puerta de la vida). En sentido esotérico, simboliza el cambio profundo que sufre el hombre por efecto de la iniciación. El profano debe mo­rir para renacer a la vida superior que con­fiere la iniciación. Si no muere en su estado de imperfección, se le veda todo progreso iniciático . Asimismo, en alqui­mia, el sujeto que ha de constituir la materia de la piedra filosofal, encerrado en un reci­piente cerrado y privado de todo contacto exterior, debe morir y purificarse. Así la de­cimotercera lámina del Tarot simboliza la muerte en su sentido iniciático de renova­ción y de renacimiento. Después del Ahor­cado místico, completamente ofrecido y abandonado, que recupera fuerzas al contac­to con la tierra, la muerte nos recuerda que debemos ir aún más lejos y que ella es la condición misma del progreso y de la vi­da.

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Arcano 4. El Emperador

Cuarto arcano del Tarot, la lámina del Emperador simboliza precisa­mente lo que representa: el imperio, el do­minio, el gobierno, el poder, el éxito, la supremacía de la inteligencia en el orden temporal y material

Cetro en mano, sentado sobre un trono color carne, el Emperador está vestido con túnica y calzas azules; pero lleva, sobre la túnica, una chaqueta roja, mientras que sus pies son blancos, como su barba y sus cabellos. Correspondiendo estrictamente a la lámina precedente, la de la Empera­triz, tiene, también él, un escudo de armas marcado con un águila, pero esta vez el águila está al pie de la lámina, reclinada contra el trono, con la cabeza y las alas vueltas en sentido contrario al del águila de la emperatriz, para asegurar el equilibrio de fuerzas por la oposición de los contrarios.

El Emperador es el primero de los personajes del Tarot con vestimenta roja sobre azul . Para él, la acción es el objetivo de la inteligencia y la Sabiduría no serviría de nada, si no se aliase a la Fuerza: por su unión, su energía penetra en el interior de este mundo, el cual soberanea él indiscuti­blemente. Otro símbolo de esta concentra­ción está en la posición de las piernas, cru­zadas, para defenderse contra las malas influencias y, al. mismo tiempo, para retener las fuerzas favorables.

Este cuarto arcano mayor, llamado también Piedra Cúbica, re­presenta el gobierno, la protección, el traba­jo constructivo e inteligente, la solidez, el consejo, la tradición, la autoridad o, en un sentido desfavorable, la oposición tenaz, el empecinamiento hostil, la tiranía, el absolu­tismo. Corresponde a la cuarta casa del ho­róscopo. Los triángulos que lleva sobre la cabeza simbolizan las dimensiones del espa­cio, es decir, una soberanía universal. El color rojo dominante evoca el fuego, la acti­vidad transformante y victoriosa,

En el plano psicológico, el Emperador in­vita a tomar posesión de sí mismo, a orde­nar todo en el sentido de la voluntad de poder. Una de sus manos sostiene el cetro, la otra está cerrada sobre su ceñidor: afirma así su autoridad y se muestra presto a defender­la. En una palabra, es el Demiurgo, quien construye al hombre, tanto como el mun­do.

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Arcano 5. El Papa

El Sumo Sacerdote, tam­bién llamado «el Papa» en el Tarot de Mar­sella, quinto arcano mayor del Tarot, está separado de la Gran Sacerdotisa  por la Emperatriz y el Emperador . La Gran Sacerdotisa y la Emperatriz, potencias femeninas, vestían de azul sobre rojo; el Sumo Sacerdote como el Emperador viste de rojo sobre azul; envuelve con una capa roja bordada de amarillo su vestido azul. Sus mangas son blancas, pues sus brazos guardan la pureza; su mano izquierda, en­guantada de amarillo y marcada con una cruz, sostiene el asta de una cruz papal de tres travesaños, que simboliza la potencia creadora a través de los tres mundos, divino, intelectual y físico . De lo ternario se engendra un septenario formado por las ter­minaciones redondeadas de los travesaños y la cima de la cruz. Ahora bien, siete es el número de la armonía, también el de las se­gundas causas que rigen el mundo; esas cau­sas corresponden a las influencias planeta­rias o a las siete notas de la gama.

El Sumo Sacerdote está sentado entre dos columnas azules, que evocan las del templo de Salomón; su mano derecha bendi­ce a dos personajes tonsurados, que están a cada lado en la parte inferior de la lámina. Uno, vestido de rojo, lleva estola amarilla; su mano izquierda está levantada, mientras que el otro, cubierto con un manto amarillo con capuchón rojo y un sombrero azul, baja la mano derecha con gesto exactamente in­verso. Uno es activo, el otro pasivo, abando­nado a la humildad que le hace recibir de lo alto la doctrina tradicional y dogmática, mientras que el primero se esfuerza en di­fundirla. Así, tras el Emperador que afirma simplemente su fuerza activa, el Sumo Sacerdote, comunica su saber. Ya no necesi­ta el libro, que está abierto sobre las rodillas de la Gran Sacerdotisa; símbolo del que sabe, él transmite su conocimiento; quinto arcano del Tarot, lleva la cifra del hombre, considerado como mediador entre Dios y el universo. Desde su posición superior, dice a los discípulos: Id y enseñad a todas las na­ciones.

El Sumo Sacerdote, el Papa o el Maestro de los Arcanos, se remplaza a me­nudo, en el Tarot belga, por Baco. Repre­senta la causa que conduce al hombre por el camino del progreso predestinado; el deber, la moralidad y la conciencia ; el poder moral y la responsabilidad conferidos al hombre. Corresponde en astrología a la quinta casa horoscópica.

Con él se termina el primer grupo de los arcanos del Tarot, el que pone al sujeto (el Juglar) frente al objeto múltiple de los cono­cimientos, que simbolizan las cuatro poten­cias investidas de funciones, sean laicas o religiosas. Después de adquirirlos el hombre debe tomar una primera opción personal: esa será la del  Enamorado.

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Arcano 6. Los enamorados

El sexto arcano mayor del  Tarot, El Enamorado, o a veces Los Enamo­rados, simboliza las ideas de reunión y anta­gonismo con todas sus consecuencias.

Un joven está en el centro de esta lámina vestido con una túnica de franjas verticales azules,  rojas y  amarillas. Dos muje­res lo encuadran: a su izquierda, una mujer rubia, envuelta en un vestido azul y una capa azul de bordes rojos, dirige su  mano izquierda hacia el pecho del muchacho, en tanto que la palma de la otra mano se vuel­ve hacia abajo. A la derecha del Enamorado, una mujer con un vestido rojo de grandes manchas azules, con los cabellos azules cu­biertos con una suerte de tocado o corona amarilla, pone su mano izquierda sobre el hombro derecho del joven y abre la otra ha­cia el suelo. La primera de estas mujeres es seductora; la segunda, de nariz larga, tiene aire severo y envejecido. Es a ella, no obs­tante, que mira el Enamorado. Encima de él ün ángel o un Eros-Cupido de alas azules está en el centro de un círculo solar de rayos azules, amarillos y rojos; sostiene un arco y una flecha blanca que dirige hacia el joven.

Las interpretaciones son numerosas: El Enamorado expresa la elección juiciosa y di­fícil de hacer ; el libre albedrío y el consiguiente choque ; el acuerdo o el desacuerdo ; la prueba, el determinismo voluntario; el exa­men o la irresolución; la tentación peligrosa y la falta de heroísmo . Corres­ponde a la sexta casa horoscópica en Astrologia.

Todos los comentaristas del Tarot recuer­dan en este caso la parábola de Hércules en la encrucijada, debiendo elegir entre el Vicio y la Virtud, o la tradición órfica y pitagórica de la ruta seguida por el alma después de la muerte, cuando en una bifurcación debe ele­gir entre la ruta de la izquierda, que en realidad conduce a los Infiernos, y la de la derecha, que lleva a los Campos de los Bien­aventurados. Una sola ruta conduce a la feli­cidad real; está en nosotros el saberla elegir. La flecha, símbolo dinámico y decisivo del vector del sol y de la luz intelectual»  que ayuda a resolver los problemas de ambivalencia, está allí para guiar al Enamo­rado o dictarle su elección. Aquí, apunta a separarlo de las seducciones ilusorias.

Pero esta lámina simboliza también los valores afectivos y la proyección de la doble imagen que el hombre se hace de la mujer, Venus Urania o Venus de las encrucijadas, ángel o demonio, inspiradora de amor car­nal o platónico, no cesa de revestir formas múltiples ante las cuales el hombre duda, porque en el fondo no* se conoce a sí mismo: «tanto si el hombre esconde un conflicto inexpresado como si está dudando ante los términos de un conflicto ya manifiesto, ne­cesita ante todo tomar plena conciencia de los elementos que lo desgarran, y luego obje­tivarlos, es decir, acceder a una posición que lo volverá independiente con respecto a ellos. Solamente entonces es posible una sín­tesis constructiva; tal es la dialéctica funda­mental de todo progreso de la conciencia. Y tal es, podríamos añadir, una de las lecciones simbólicas dadas por el Ena­morado, ese yo afectivo ante el cual vienen a plantearse y a resolverse todas nuestras elec­ciones.

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Arcano 7. El Carro

En El Carro, séptimo arcano mayor del Tarot, encontramos de nuevo al Ena­morado del sexto arcano, algo envejecido, coronado de oro para dar a entender que ha dominado sus ambivalencias y por ende conquistado la unidad propicia a todo hom­bre que ha resuelto sus conflictos. Los dos perfiles de rostros humanos que observamos sobre sus hombros (proyección desdoblada) dan fe de las oposiciones que ha rebasado. Precisamente por haberlas rebasado aparece sobre el Carro; es decir que avanza.

Lleva un cetro y está bajo un baldaquín de color carne sostenido por cuatro colum­nas, dos azules y dos rojas, que descansan sobre los cuatro ángulos de la caja. Viste fal­da roja, cinturón amarillo y coraza azul. Lleva una manga amarilla y otra encamada. Sobre la coraza una triple escuadra subraya el trabajo de construcción que debe cumplir­se en los tres mundos: natural, humano y divino. Los caballos del tiro no llevan rien­das visibles; miran en la misma dirección, pero uno es azul y el otro rojo y parecen ti­rar a diestra y siniestra puesto que ambos levantan la mano exterior. Entre los dos las iniciales S.M. significan o bien Su Majestad, o bien, según la interpretación alquímica, Sulphur y Mercurius, que son los elementos de base para la Gran Obra. Los comentado­res han recordado a propósito de esta ima­gen la leyenda de Alejandro, donde éste erguido en el carro tirado por dos pájaros gi­gantes o dos hipogrifos quiere comprobar si los cielos y la tierra se tocan  y también el carro de fuego del profeta Elias. Algunos han visto en esta lá­mina el éxito, el triunfo, la superioridad, la diplomacia aplicada; la perita­ción, la necesidad de ser ilustrado; o las concesiones perjudiciales, los escándalos . Corresponde en astrología a la VII casa del zodíaco que se re­fiere a la vida social.

En el plano psicológico el séptimo arcano mayor designa al hombre que por efecto de su voluntad ha conseguido dominar las opo­siciones y ha unificado las tendencias con­trarias. Nos encontramos aquí en el ámbito de la acción personal situada en el espacio y el tiempo. La fatalidad se ha superado; el hombre ha elegido, se ha hecho cargo de sí mismo y es el amo victorioso que marcha de frente, pero olvidando quizá que aun cuando deriva del Papa , corre el riesgo, de topar­se con la Rueda de la Fortuna, prefigu­rada sin duda en los perfiles de rueda que aparecen en sendos costados del carro.

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Arcano 8. La Justicia

La Justicia, cubierta con un mortero judi­cial amarillo sobre el que se inscribe un signo solar, está sentada sobre un trono amarillo también, como su collar entorcha­do, como la espada que sostiene en la mano derecha, como su manga izquierda, la balan­za y el suelo. Lleva un manto azul sobre una túnica roja (como la Gran Sacerdotisa y el  Eremita); pero esta vez los tres colores (amarillo, azul y rojo) se reparten casi igual­mente: la ciencia oculta de la Gran Sacerdo­tisa en azul, divulgada por el Papa con manto rojo, desemboca en el triunfo del oro, color solar. La espada y la balanza son los atributos tradicionales de la Justicia: la ba­lanza, semejante a aquella en la que la plu­ma de Maát bastaba para equilibrar los pla­tillos frente al tribunal de Osiris, está aquí perfectamente inmóvil. La espada, recta y despiadada, como el fiel de la balanza, servi­rá para castigar a los pecadores. Recordare­mos a este respecto que la espada y la balan­za son también los símbolos de las dos maneras en que, según Aristóteles, se puede considerar la justicia. La espada representa su potencia distributiva (Justitia suum cui- que tribuit); la balanza, su misión equilibra dora (social).

La Justicia, o Themis, o la Balanza, representa la vida eterna ; el equilibrio de las fuerzas desencadenadas, las corrientes antagónicas, el resultado de los actos, el debe y el haber ; la ley, la disciplina, la adaptación a las necesidades de la economía . Corresponde en as-trología a la naturaleza de la VIII casa horos- cópica .

La Justicia, cuya cifra simbólica es preci­samente ocho, es nuestra conciencia en el sentido más elevado. Para aquellos que han querido usar mal de sus poderes, está el ri­gor de la espada y la condenación; para los verdaderos iniciados, la balanza mantiene el equilibrio entre el Gran Sacerdote (V) y la Fuerza (XI), equilibrio riguroso que es la propia ley de la organización del caos en el mundo y en nosotros.

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Arcano 10. La Rueda

Si el Eremita del  Tarot indica al hombre la vía de la búsqueda solitaria, la Rueda de la for­tuna, décimo arcano mayor, nos vuelve a sumergir en el mundo y sus vicisitudes. Acu­diendo a una imagen bien conocida de la antigüedad y de la edad media, nos muestra una rueda color carne, mantenida en el aire por un aparejo de madera amarilla, y a la cual se agarran dos animales extraños, mien­tras que una esfinge azul, coronada de oro y con las alas rojas, que sostiene una espada blanca, está sentada sobre un zócalo estre­cho, puesto sobre la parte superior de la rueda. Esta rueda tiene seis radios, azules en la parte que toca al cubo rojo y blancos ha­cia la llanta; una manivela blanca, color de lo indiferenciado, la hace girar. A la izquier­da de la rueda se agarra un mono, con la cabeza hacia abajo y medio cuerpo escondi­do por una falda rígida de tres volantes cor­tados: uno azul entre dos rojos. A la derecha hay un perro amarillo con un collar que le ciñe las orejas, vestido con una chaqueta azul con cola roja, y que parece subir hacia la esfinge diabólica e impasible. Se han visto en estos animales a Hermanubis, el genio del bien, y a Tifón, el genio del mal.

Sea lo que fuere, la significación de esta lámina nos re­mite a la de la  rueda a través de todas las tradiciones. Representa las alternancias de la suerte, la dicha o la desdicha, las fluctua­ciones, la ascensión y los riesgos de la caída. Corresponde en astrología a la décima casa horoscópica, que representa la situación so­cial y profesional.Símbolo solar, es la rueda de los nacimientos y de las muertes sucesivas.a través del cosmos; es, en el plano humano, la ines­tabilidad permanente y el perpetuo retomo. La vida humana rueda inestable como los radios de una rueda de carro», decía Anacreonte. Y ese movimiento que tan pronto eleva como abate es el movimiento mismo de la Justicia (lámina VIII), que quiere man­tener el equilibrio en todos los planos y no duda en atemperar por la destrucción y la muerte el triunfo de las realizaciones creado­ras, como lo subraya también el número de este décimo arcano, entre el Carro (VII) y la Muerte (XIII).

Se puede ver también en estos seres de fi­guras animales, que giran alrededor de la rueda de las existencias, la ley de los renaci­mientos que se impone, en numerosas tradi­ciones, a quienes no han dominado sus de­seos camales. Se verá también en la subida y la bajada una ley de alternancia, e incluso de compensación, que se desprende de la histo­ria humana, social o personal, en la que se suceden sin tregua éxitos y reveses, naci­mientos y muertes. Desde un punto de vista más interior, la rueda de la fortuna es menos la imagen del azar que de la justicia inma­nente.

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Arcano 3. La Emperatriz

Después del Juglar, que mani­fiesta la diversidad del mundo en su unidad, y la Gran Sacerdotisa, que nos invita a pe­netrar en los secretos, la Emperatriz, tercera lámina del Tarot, simboliza la inteligen­cia soberana que da el poder, la fuerza mo­triz por la cual vive todo cuanto vive , la Venus uránica de los griegos.Sentada en un trono color carne, el rostro de frente, los cabellos blancos, reviste una túnica azul bajo un vestido rojo, como si tu­viera necesidad de envolverse de azul para asir mejor las fuerzas ocultas y como si toda su actividad pasional y ardiente, que se halla en el rojo del fondo de su corona, debiera sublimarse. Con la diestra, agarra un escudo de color carne sobre el cual se destaca un águila amarilla como su cinturón, su co­llar, su diadema que recuerda el zodíaco, y su cetro. El amarillo simboliza las fuerzas espirituales que ordenan el mundo, que ella rige. El cetro está coronado por un globo y la cruz, signo alquímico del antimonio, que significa el alma intelectual, la influencia ascensional o espiritualizante, el espíritu que se separa de la materia, la evolución y la re­dención.

Ha sido comparada a Isis o la Madre Cós­mica. Representa la fecundidad universal; la acción sentimental evidente u oculta ; la comprehensión inteligente, la distinción o pretensión y la falta de refinamiento . Esta lámina corres­ponde en astrología a la tercera casa horoscópica.

Así, todos los aspectos de la Emperatriz subrayan su fuerza resplandeciente. Pero ésta es una figura ambigua cuya potencia tanto puede pervertirse en forma de vanido­sa seducción como elevarse a la cima de la más sublime idealización. Simboliza todas las riquezas de la feminidad (ideal, dulzura, persuasión) pero también toda su volubili­dad. Sus medios de acción no se dirigen di­rectamente al espíritu, sino a la afectividad: tienen encanto más que razón.

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Arcano 2. La Papisa

Segundo arcano mayor del Tarot, llamado también «la Papisa» en la versión marsellesa, es por oposición al Juglar, que estaba de pie, una mujer sen­tada, inmóvil y misteriosa. Bajo su manto azul, de cuello y broche amarillos, escon­de su largo vestido rojo sobre el que se cruzan dos cordones amarillos; símbolo de la fuerza del Espíritu que aún no quiere ma­nifestarse al exterior. Lleva la tiara pontifi­cia, de tres coronas; la última de ellas des­borda un poco el marco de la lámina . Sobre sus hom­bros cae un velo blanco y su cabeza se desta­ca sobre una tela de color carne, color que vemos también en sus manos, en la manga visible de su vestido y en el libro que sostie­ne abierto frente a ella. Este velo blanco evoca a Isis y la inscripción que según Plu­tarco estaba grabada sobre su estatua de Sais: «Yo soy todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será, y ningún mortal ha levantado jamás mi velo.»

A veces llama­da «Puerta del Santuario oculto» la Sacerdotisa tiene el Libro de los libros, el del Dies irae, donde todo está contenido y por el cual será juzgado el Mundo. Tam­bién se la compara a Juno que representa la sabiduría, la riqueza, la estabilidad, la re­serva, la inercia necesaria o perjudicial. Co­rresponde en astrología a la segunda casa horoscópica

Poco importa saber si existió o no una pa­pisa en la edad media. Lo que aquí simboli­za es la mujer, sacerdotisa o incluso diosa, que detenta, sin querer mostrarlos, todos los secretos del mundo. Todavía no es la mani­festación, la diosa madre. Tras la cortina de las apariencias, cubre la fuerza (roja) con un manto azul (como la Emperatriz, la Justicia, y el Ermitaño): ella es la que es­pera: ley moral… sacerdocio… saber opues­to al poder, contradicción in­terior de la dualidad, antítesis perpetua de la existencia y la esencia.

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